La percepción ciudadana discrepa de las estadísticas que hasta hoy ofrecen las empresas encuestadoras en relación...
Por: Juan Sánchez-Mendoza08/04/2010 | Actualizada a las 22:43h
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Candidatos a diputados y alcaldes, no deben confiarse Resultados de encuestas son fotografías del momento Ya en la campaña formal habría cálculos más realistas Ex priístas “chaqueteros” se dicen políticos conversos La
percepción ciudadana discrepa de las estadísticas que hasta hoy ofrecen las
empresas encuestadoras en relación al posicionamiento de los candidatos a la
LXI Legislatura del Congreso local y las 43 presidencias municipales.
Sobre
todo porque éstas, según se dice, presumiblemente alteran los resultados a
capricho de sus clientes ocasionales, con el claro objetivo de inducir el
sufragio a favor o en contra de actores predeterminados.
Hoy de
nueva cuenta las empresas que viven de la mercadotecnia político-electoral se
han involucrado en la justa para elegir diputados y alcaldes, pero a diferencia
de otros procesos en la actualidad se les da más importancia de la que
ameritan, merced a que los parámetros que ofertan son los adecuados para
supuestamente medir la tendencia del voto, desde su propio punto de vista que,
en estricto apego a la verdad, no es garantía de nada.
Sin
embargo hoy, también, son los partidos políticos quienes se encargan de
desacreditar los sondeos de opinión; y más cuando sus candidatos aparecen con
menos puntos porcentuales que uno o más de sus pares que sí saben cómo, dónde y
en qué gastar el dinero, sin recurrir a contubernios que los hagan aparecer
como favoritos.
La danza
de corporativos registrados o no ante el Instituto Estatal Electoral de
Tamaulipas (Ieetam), es otra de las causas que alienta la incredulidad del
pueblo ante las cifras divulgadas a través de los medios de comunicación
masiva. Y con justa razón, pues cada mes se habla al menos una decena de
encuestas, que si bien no son dadas a conocer al menos obran en manos de sus
contratantes.
Las
empresas (todas) arguyen ser independientes, éticas; aplicar en su
levantamiento una metodología probada con índices menores de error; practicar
entrevistas aleatorias en todo el estado –aunque hasta la víspera no sé de
persona alguna que haya sido alguna vez consultada--, y se disputan el derecho
a anticipar el resultado de los comicios.
En otras
circunstancias harto lejanas ya, sí acertaron en sus pronósticos –es justo y
responsable reconocerlo--, pero en las dos contiendas estatales anteriores a la
que vivimos fallaron en su pronóstico.
Por
tanto, negar los resultados de aquellos sondeos de opinión resultaría tan
estúpido como irresponsable, aunque lo ofertado por las firmas encuestadoras
haya sido simplemente el reflejo de la actitud ciudadana en todos sentidos.
Refiero
lo anterior pa’ que no se crea que las encuestas siempre fallan. No. Lo que
ocurre en esta ocasión es que la percepción ciudadana difiere en mucho de la
medición practicada en segmentos poblacionales con menos hambre de la que nos
sobra, según se desprende del marco metodológico que escasamente divulgan.
Usted
bien podría confirmar esta apreciación, si acaso se diera tiempo para preguntar
en familia, entre amigos o conocidos, qué opinan al respecto. Triunfalismo
inadecuado Mal se
ven los candidatos a legisladores y presidentes municipales que sus esperanzas
de triunfo las fincan en los resultados de las encuestas ventiladas en los
últimos días, pues esos estudios son, simple y llanamente, fotografías del
momento.
Durante
las campañas formales podría ocurrir un mar de imponderables y alterarse el
posicionamiento político-electoral de todos y cada uno de los contendientes,
por lo que es recomendable no echar las campanas al vuelo.
Menos
cuando las firmas encuestadoras han perdido credibilidad a tal grado que hoy
pocos ciudadanos son los que aún creen en los sondeos de opinión. Fórmulas
grisáceas Resulta
claro que hasta hoy ninguna de las candidaturas ofertadas por los partidos
opositores al Revolucionario Institucional ha logrado penetrar con fuerza en el
ánimo ciudadano; y sí, por contrario, los “destapados” generan hartazgo al
exhibir bajo nivel de competencia.
Ocurre
porque ellos, tanto como sus dirigentes partidistas, le apuestan más al trabajo
ajeno que al propio y han sustituido al debate con desplantes pendencieros.
Tan es
así que a la menor provocación se lanzan a la yugular del adversario.
Basta
echarle una hojeada a los medios de comunicación masiva (impresos) para darnos
cuenta de que su oferta electoral poco impacta en el sufragante, en tanto las
descalificaciones y epítetos son ahora de los candidatos (sin registro oficial)
su mejor bandera proselitista.
En su
perorata cotidiana, ellos hablan de temas tan recurrentes como el desempleo, la
inseguridad, la injusticia social, el bajo nivel educativo, las mujeres
maltratadas, la pobreza, la falta de oportunidades para los jóvenes y el hambre
de nuestros hijos, pero no se atreven a decirle al pueblo que están
prácticamente impedidos para aliviar esos males, simple y llanamente por
tampoco saber cómo solucionarlos y menos cuando buscan un cargo de gestores.
Por
eso lo que lee y escucha el sufragante, en todo caso, no pasa de ser un
catálogo de buenas intenciones, cuya diferencia entre uno y otro prospecto lo
marca el énfasis que cada cual aplica a su discurso.
Esto es
lo que podría distinguir a un proyecto de otro. Turbulencia
electoral Hoy,
como ayer, persiste la incredulidad. Y a esto contribuye, sin lugar a dudas, la
terquedad de quienes aspiran al poder por el poder mismo y pretenden devastar
lo construido; o de erigir su mandato sobre las ruinas de sus propios partidos
políticos.
Hay
áreas y programas, leyes y reglamentaciones, que se pretenden derribar para
levantar en esos mismos espacios, y con propósitos similares a los actuales,
verdaderos monumentos a la egolatría y mediocridad.
Así, la
continuidad es discursiva –al menos hasta le fecha--, y en lo que respecta a
los planes de mediano y largo alcance, estos pasan a engrosar el archivo de los
sueños milenarios.
Por lo
anterior y por mucho más, los candidatos están obligados a emplearse a fondo en
las campañas formales y establecer sólidos compromisos con los grupos sociales,
en vez de enfrascarse en un intercambio de acusaciones y descalificaciones que
sólo enturbiarían más el panorama. Mezcolanza
ideológica La
mezcolanza de credos e ideología no es inédita en Tamaulipas.
Hay
memoria histórica.
Baste
recordar que importantes grupos de la sociedad civil, llamados de izquierda, se
han pasado a la derecha para impulsar el triunfo de sus candidatos… y
viceversa.
A ellos,
en lenguaje llano, se les dice “chaqueteros”, aunque los “finitos” de la
política les llaman conversos.
Aquí
vale la pena echarle una repasada a los procesos electorales más inmediatos
(los estatales, claro está), porque en aquel entonces los estrategas y
especialistas en propaganda orientaron sus baterías hacia lo que llamaron voto
útil.
Ellos
fundamentaron esa idea en las escasas probabilidades de triunfo que presentaban
sus candidatos.
Así
algunos pseudointelectuales, agitadores profesionales y estudiosos de los
fenómenos político-electorales, realizaron una cruzada con la firme intención
de que los ciudadanos revaloraran su voto y lo emitieran en el interés de
impedir que el PRI se mantuviera como la primera fuerza política del estado,
aun cuando el sufragio favoreciera a la ultraderecha anidada en Acción Nacional
o a la izquierda representada por el Partido del Sol Azteca.
El complot
antipriísta, sin embargo, no alcanzó su cometido en aquellos años y en los días
de la elección, en ambos casos, ganó el llamado voto útil alejado de cualquier
prejuicio, actitud, fobia, ideología, doctrina, raza y credo.
Lo
fundamental para la oposición era cavar la tumba del PRI, pero no se pudo, aun
cuando se mezclaron la izquierda con la derecha, y en este proceso tampoco
lograrán su objetivo, ya que la insana comunión entre ambos es un asunto
perdido. Em@il:
jusam_gg@hotmail.com
golpeagolpe@prodigy.net.mx
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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