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De un pequeño pueblo de Tamaulipas a vivir del arte: el desafío del artesano Darío Rivera

A sus 35 años, el artista originario de Llera suma 15 años viviendo de la pintura y las artesanías, enfrentando la incertidumbre económica, el aislamiento y los retos de trabajar por cuenta propia
Por: Aly Morante / Ciudad Victoria El Día Domingo 08 de Noviembre del 2026 a las 08:00

Darío Rivera Pintor, artista plástico y artesano originario de Llera en su estudio de Ciudad Victoria
Autor: Aly Morante
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Ciudad Victoria, Tamaulipas.- En el taller de Darío Rivera Pintor, el día puede comenzar antes de que la ciudad termine de despertar. A las siete de la mañana ya está frente a su trabajo, con una pintura por terminar, una pieza que requiere paciencia o alguna idea que necesita tomar forma. Hay jornadas que se alargan hasta la madrugada y otras en las que salir de casa no resulta necesario.

Desde ese espacio, en Ciudad Victoria, ha construido durante aproximadamente 15 años una forma de vida que para muchos artistas permanece como una aspiración, vivir completamente de lo que crean.

Darío tiene 35 años, es originario de Llera y es artista plástico y artesano, su trabajo transita entre la pintura, la ilustración, el macramé, los tejidos y la experimentación con materiales. Pero su historia no comenzó con una galería ni con una exposición. Comenzó mucho antes, cuando era niño y asistía a clases de pintura en la Casa de Cultura de su municipio.

Aquellas primeras experiencias con el paisajismo y la representación de animales fueron acercándolo a un mundo que, años después, terminaría por convertirse en su profesión.

El tejido llegó durante la adolescencia. Tenía alrededor de 14 o 15 años cuando, durante un viaje a Chiapas con el grupo de danza del Cebetis, observó a dos artesanos elaborar una mariposa azul utilizando nudos. La imagen se quedó con él. "Y se me hacía muy poético el hecho de que fuera una mariposa y que la estuvieran haciendo con nudos".

A partir de entonces comenzó a experimentar. Pintaba, dibujaba y encontraba en las piezas que elaboraba una manera de expresar afecto. Todavía considera que regalar algo hecho por sus propias manos es una de las formas más grandes de demostrar cariño a sus amigos.

UNA PROFESIÓN QUE NO ESTABA EN LOS PLANES

La decisión de dedicarse al arte no estaba escrita en su futuro. A los 19 años estudiaba Derecho y buscaba una alternativa para generar ingresos mientras cursaba la universidad. Comenzó comprando hilos, chaquiras y cuentas de plástico; materiales sencillos con los que empezó a elaborar sus primeras piezas.

Lo que inicialmente parecía una actividad para obtener dinero terminó desplazando el camino profesional que había imaginado.

No fue una decisión que todos entendieran. Darío es el primero de su familia que eligió el arte como profesión. En su entorno había otras ocupaciones, pero dedicarse a pintar y elaborar artesanías no representaba necesariamente una opción de vida considerada segura o exitosa.

Las dudas no desaparecieron con los años. Incluso después de más de una década viviendo de su trabajo, todavía hay quienes creen que pinta y teje durante su tiempo libre.

"Y de hecho todavía me lo preguntan. O sea, ya tengo 15 años viviendo de esto y todavía hay personas que creen que es un hobby y que lo hago en mi tiempo libre".

La realidad es distinta, su actividad no es un pasatiempo que realiza después de cumplir con otras obligaciones. Es su trabajo, su fuente de ingresos y una responsabilidad que exige constancia, incluso cuando no hay un horario establecido ni un pago seguro al final de la quincena.

EL PRECIO DE SER SU PROPIO JEFE

Vivir del arte también significa hacerse cargo de todo aquello que no aparece en una pintura terminada. Darío aprendió que no basta con dominar una técnica o tener creatividad, hay que saber vender, calcular costos, administrar las ganancias, comprar materiales, trasladar las piezas y encontrar espacios donde ofrecerlas.

También hay que conocer las formalidades que exige cualquier actividad comercial, elaborar facturas, notas de venta, cotizaciones y contratos cuando un cliente o una institución solicita sus servicios.

"Pero yo creo que si llevamos de la mano las dos, ya tenemos bastante ventaja", explica al referirse a la importancia de aprender tanto las técnicas artísticas como la labor de venta.

En sus primeros años, los bazares fueron una especie de escuela. Participó en encuentros artesanales de Llera, Jaumave, Tula y Ciudad Victoria. Ahí aprendió a acercarse a los compradores, explicar cómo estaban elaboradas sus piezas y comunicar el valor de cada trabajo.

Después llegaron las participaciones en distintas ediciones de la Feria Tamaulipas y, alrededor de 2016, las primeras experiencias fuera del Estado, en la Ciudad de México, donde representó la producción artesanal de Tamaulipas.

Entre sus recuerdos más importantes están los encuentros en el Zócalo capitalino, las actividades organizadas en espacios de la Secretaría de Turismo federal y la Feria Nacional de la Cultura Rural, en Chapingo, Estado de México.

Esta última ocupa un lugar especial en su trayectoria. Ahí convivió con artesanos de diferentes regiones y conoció técnicas, materiales y piezas vinculadas con pueblos originarios. Fue una oportunidad para comprender que incluso los materiales más sencillos pueden transformarse en obras de gran valor cuando detrás existe conocimiento y dominio de un oficio.

Pero viajar para vender también cuesta. Los espacios de exhibición, los traslados y la producción requieren inversión. No siempre basta con tener una buena pieza: hay que calcular si participar en determinado evento permitirá recuperar los gastos y abrir nuevas oportunidades.

En el trabajo independiente, incluso una invitación puede convertirse en una decisión financiera.

EL TALLER TAMBIÉN PUEDE SER UN LUGAR SOLITARIO

Hay una parte de esta vida que no suele aparecer en las fotografías de exposiciones ni en las publicaciones de redes sociales.

Cuando Darío tiene trabajo pendiente y no necesita salir, puede pasar varios días concentrado en su estudio. La rutina se reduce a crear, comer, descansar y volver a trabajar, a veces, el único contacto cotidiano ocurre durante una visita rápida a la tienda.

"A lo mejor es algo negativo porque me aísla también. O sea, si yo tengo trabajo aquí en mi taller y no es necesario salir, yo me la puedo pasar dos, tres días nada más viendo a la señora de la tienda, por ejemplo".

El aislamiento puede repercutir en su bienestar emocional. Darío reconoce que también enfrenta episodios de ansiedad y que los lugares con mucho ruido o demasiadas personas pueden resultarle difíciles.

Por eso procura mantener actividades fuera del taller. Hace ejercicio con pesas, utiliza la bicicleta, practica senderismo y visita el río cuando tiene oportunidad.

No se trata únicamente de distraerse, la naturaleza también alimenta su trabajo, de ahí obtiene colores, texturas, formas y referencias que después transforma en pinturas o piezas artesanales.

Para él, salir al río puede ser parte del propio proceso creativo, observar el entorno, procesar lo que encuentra y convertirlo en una obra.

HASTA EL MIEDO FORMA PARTE DEL OFICIO

Aunque pintar es una de las actividades que más disfruta, no todos los encargos representan la misma experiencia. Un cuadro en el taller puede convertirse en una jornada placentera, pero un mural en las alturas implica enfrentarse a algo que no disfruta, subir a los andamios.

Darío tiene miedo a las alturas. Es una dificultad que ha trabajado en terapia y que, aun así, no desaparece cuando debe realizar un trabajo de ese tipo.

"Si mañana me contratan para hacer un mural en las alturas, yo estoy seguro que voy a ir a hacerlo, pero me va a costar mucho trabajo lidiar con el miedo".

Lo hará porque forma parte de su responsabilidad profesional, aunque eso no significa que deje de sentir temor. También ahí aparece una faceta poco visible de vivir del arte: aceptar trabajos que exigen salir de la zona de comodidad y responder a las necesidades de cada cliente.

Su producción, además, no se limita a una sola técnica. En la pintura ha experimentado con ilustraciones, bodegones y composiciones surrealistas. Hace aproximadamente tres años presentó la exposición Amor y otros milagros, en la que utilizó escenas protagonizadas por animales para contar historias de amistad, amor y desamor.

En el tejido ha explorado el macramé, una técnica basada en nudos que permite elaborar desde joyería y prendas hasta instalaciones. Sus intereses por la naturaleza y los elementos prehispánicos también han influido en el desarrollo de sus piezas.

QUINCE AÑOS DESPUÉS, EL TRABAJO CONTINÚA

A sus 35 años, Darío Rivera Pintor ha conseguido sostenerse económicamente a partir de una profesión que todavía suele ser vista como un pasatiempo. No llegó a ese punto de un día para otro: hubo materiales comprados con recursos limitados, primeras ventas, bazares, viajes, exposiciones y aprendizajes que no necesariamente se adquieren en una escuela de arte.

Tampoco encontró una ruta libre de dificultades, la incertidumbre económica, la necesidad de comercializar sus obras, los gastos de producción y los periodos de aislamiento forman parte de una rutina que pocas veces se conoce cuando alguien observa únicamente el resultado final.

Su historia tampoco representa una fórmula sencilla para vivir de la creatividad. Muestra, más bien, el trabajo que existe detrás de una decisión profesional poco convencional y la disciplina necesaria para mantenerla durante años.

En su familia fue el primero en elegir este camino. Desde entonces ha construido una trayectoria propia, pieza por pieza, aprendiendo no solamente a crear, sino a encontrar la manera de que su trabajo pueda seguir sosteniéndolo.

En su taller, mientras la ciudad continúa con sus horarios y sus rutinas, Darío sigue trabajando. Para él, el arte no comienza cuando tiene tiempo libre, es precisamente aquello a lo que dedica su tiempo, sus días y buena parte de su vida.

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