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El Anzuelo...

Hay que ser marranos, pero no trompudos

por El Fisgón

Hoy es Miercoles 22 de Mayo del 2013
Sección: Editoriales / En la Remington

Hombre-Gato

Por: Ricardo Hernández

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04/11/2012 | Actualizada a las 11:01h
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista

Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.

Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.


Puedo ser lo que yo quiera allá a fuera, pero aquí a dentro, soy un ser sumiso, huraño. Creo parecerme a esos animalitos que se refugian en sus guaridas para  sentirse seguros, protegidos. Sí. Eso es.
 
Tal vez soy odioso, estúpido, pero me siento bien en casa disfrutando de un vino tinto y del murmullo del silencio. Si. Esto es grato. Estar sentado en el sofá, imaginando, solo eso: imaginar.  Echar a volar los pensamientos muy lejos, más allá de las montañas azules. En casa, me escucho a mí mismo  haciendo movimientos. Soy el hombre que se convierte en gato _murmuro_: un hombre-gato.
 
Quizá por eso no asoman sus diminutas narices los pequeños roedores, lo hacen eso sí, las cucarachas moviendo las antenas como parabrisas al salir de las parrillas de la estufa y algunas que  caminan por la pared de la cocina hacia el techo de lámina. Lo curioso es que nada más observo, no se me antoja mover ni un solo músculo del cuerpo, prefiero la siesta.
Ahora que veo el tic-tac de pared, trae a mi memoria el sonido isócrono de las campanas de la Iglesia: ¡tan, tan, tan! Enseguida pregunto en voz alta: ¿a qué horas vamos a comer? Después, toco una campanilla imaginaria moviendo la mano derecha con los dedos crispados: ¡tilín, tilín!, ¡talán, talán!.
 
Pero nadie escucha, porque estoy solo…  soy un hombre-gato. ¿A qué historia me recuerda todo esto? ¿A Luis Spota? ¿La carcajada del gato? Solo que en casa no hay nadie tratando de asesinarme, nadie cuenta en forma regresiva  los minutos que me quedan de vida: “Diez.Nueve.Ocho…”  Uy, que miedo, no hay quien prepare sopa con veneno aquí en casa. Eso es lo bueno. Mi estómago famélico indica: “hambre, hambre, hambre” pero ¡no!, digo, hasta más tarde.
 
Dice mi amigo Carlos que los gatos son depredadores, yo no creo serlo, por lo pronto, o,  tal vez cuando mi deseo sea tan fuerte  hasta entonces, me den ganas de  salir a la calle a cazar algo; temo que al llegar a la tienda se asuste la señora Julia al ver mi mutación, con las manos peludas,  bigotes largos y los ojos negros con una rayita oblicua amarilla en forma vertical: “Se-ño-ra…miau…me- ven-de-un-a tún…miau… porfavormiau…símiauuuu.”
 
A hora que recuerdo, hace pocos días tiré a la basura varias latas de atún, las cuales estaban abiertas, completamente vacías y limpias, lo que no comprendo es haberlas comprado ni engullido. ¿Un gato llevará un record mental de los ratones que se come? Bueno, creo que sin proponérmelo estoy   emulando al legendario e inolvidable Edgar Allan Poe, pues se me han de estar pasando las copas de vino tinto, y por esa razón hablo de esos malditos gatos; ¡pero calma, calma, que me estoy exasperando!,  las manos parecen temblarme. Volteo a mi derecha donde está el viejo espejo del peinador. Todo indica estar bien, no hay nada de qué alarmarse.
 
Traigo la barba afeitada, puesto el gorro rojo de pana,  pantalón beige, playera azul marino y unos tenis blancos. Bebo un poco de vino tinto; fumo un “puro” que me obsequió mi amigo  para entretenerme en estos casos de ocio, nada más que no sé fumar “puros”, a cada rato siento el deseo de vomitar, pero no lo dejo; tal vez para cuando me acabe la botella y el puro, esté convertido en un hombre-gato, entonces, salga a la tienda a comprar más atún o esté al acecho de alguna cucaracha con los ojos  abiertos como platos.
 
Espero que nada de eso acontezca, porque en realidad, pienso salir más tarde, tengo que reunirme con Carlos en la plaza del centro, ojalá pueda regalarme otro puro, después de todo, tienen buen sabor. Esta última vez que mi amigo tocó la puerta de la casa y le abrí, arrojó su teléfono al aire y los cabellos se le electrizaron, salió por la verja con las piernas temblorosas, su cara estaba más pálida que la de un muerto. Pienso preguntarle ¿por qué? ¿Qué fue lo que vio en mi casa? O ¿en mí? Eso lo sabré en cuanto lo vea.

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