El Anzuelo...
Hay que ser marranos, pero no trompudos
por El Fisgón
Por: Ricardo Hernández
Puedo ser lo que yo quiera allá a fuera,
pero aquí a dentro, soy un ser sumiso, huraño. Creo parecerme a esos animalitos
que se refugian en sus guaridas para sentirse seguros, protegidos. Sí. Eso es.
Tal vez soy odioso, estúpido, pero me
siento bien en casa disfrutando de un vino tinto y del murmullo del silencio.
Si. Esto es grato. Estar sentado en el sofá, imaginando, solo eso:
imaginar. Echar a volar los pensamientos
muy lejos, más allá de las montañas azules. En casa, me escucho a mí mismo haciendo movimientos. Soy el hombre que se
convierte en gato _murmuro_: un hombre-gato.
Quizá por eso no asoman sus diminutas
narices los pequeños roedores, lo hacen eso sí, las cucarachas moviendo las
antenas como parabrisas al salir de las parrillas de la estufa y algunas que caminan por la pared de la cocina hacia el
techo de lámina. Lo curioso es que nada más observo, no se me antoja mover ni
un solo músculo del cuerpo, prefiero la siesta.
Ahora que veo el tic-tac de pared, trae
a mi memoria el sonido isócrono de las campanas de la Iglesia: ¡tan, tan, tan!
Enseguida pregunto en voz alta: ¿a qué horas vamos a comer? Después, toco una
campanilla imaginaria moviendo la mano derecha con los dedos crispados: ¡tilín,
tilín!, ¡talán, talán!.
Pero nadie escucha, porque estoy solo… soy un hombre-gato. ¿A qué historia me
recuerda todo esto? ¿A Luis Spota? ¿La carcajada del gato? Solo que en casa no
hay nadie tratando de asesinarme, nadie cuenta en forma regresiva los minutos que me quedan de vida:
“Diez.Nueve.Ocho…” Uy, que miedo, no hay
quien prepare sopa con veneno aquí en casa. Eso es lo bueno. Mi estómago
famélico indica: “hambre, hambre, hambre” pero ¡no!, digo, hasta más tarde.
Dice mi amigo Carlos que los gatos son
depredadores, yo no creo serlo, por lo pronto, o, tal vez cuando mi deseo sea tan fuerte hasta entonces, me den ganas de salir a la calle a cazar algo; temo que al
llegar a la tienda se asuste la señora Julia al ver mi mutación, con las manos
peludas, bigotes largos y los ojos
negros con una rayita oblicua amarilla en forma vertical: “Se-ño-ra…miau…me-
ven-de-un-a tún…miau… porfavormiau…símiauuuu.”
A hora que recuerdo, hace pocos días
tiré a la basura varias latas de atún, las cuales estaban abiertas, completamente
vacías y limpias, lo que no comprendo es haberlas comprado ni engullido. ¿Un
gato llevará un record mental de los ratones que se come? Bueno, creo que sin
proponérmelo estoy emulando al legendario
e inolvidable Edgar Allan Poe, pues se me han de estar pasando las copas de
vino tinto, y por esa razón hablo de esos malditos gatos; ¡pero calma, calma,
que me estoy exasperando!, las manos parecen
temblarme. Volteo a mi derecha donde está el viejo espejo del peinador. Todo
indica estar bien, no hay nada de qué alarmarse.
Traigo la barba afeitada, puesto el
gorro rojo de pana, pantalón beige,
playera azul marino y unos tenis blancos. Bebo un poco de vino tinto; fumo un
“puro” que me obsequió mi amigo para
entretenerme en estos casos de ocio, nada más que no sé fumar “puros”, a cada
rato siento el deseo de vomitar, pero no lo dejo; tal vez para cuando me acabe
la botella y el puro, esté convertido en un hombre-gato, entonces, salga a la
tienda a comprar más atún o esté al acecho de alguna cucaracha con los ojos abiertos como platos.
Espero que nada de eso acontezca, porque
en realidad, pienso salir más tarde, tengo que reunirme con Carlos en la plaza
del centro, ojalá pueda regalarme otro puro, después de todo, tienen buen
sabor. Esta última vez que mi amigo tocó la puerta de la casa y le abrí, arrojó
su teléfono al aire y los cabellos se le electrizaron, salió por la verja con
las piernas temblorosas, su cara estaba más pálida que la de un muerto. Pienso
preguntarle ¿por qué? ¿Qué fue lo que vio en mi casa? O ¿en mí? Eso lo sabré en
cuanto lo vea.
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