Logotipo de HoyTamaulipas

El Anzuelo...

Quien quedo fuera de la lista, ya ni llorar es bueno

por El Fisgón

Hoy es Domingo 19 de Mayo del 2013
Sección: Editoriales / En la Remington

En el café

Por: Ricardo Hernández

La Nota se ha visto 393 Veces Imprimir Disminuir Fuente Disminuir Letra
30/10/2012 | Actualizada a las 10:30h
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista

Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.

Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.


Salí en el frío, esa mañana de otoño,  abrigándome con los brazos, silbando y tarareando una canción.

¡Con que ansias esperaba este clima gélido! Llevaba el texto bajo el brazo, envuelto en una bolsa de plástico trasparente. Caminé por la calle empedrada y húmeda. Aquellas  montañas que se embellecen en las primeras horas del alba, permanecían oscuras. ¿Pero que le puede pasar a uno cuando sale contento de casa, pensando que más tarde se reunirá con los compañeros del club de literatura?

Me acomodé el gorro rojo de pana mientras iba esquivando algunos charcos de agua, cuidando el texto como algo muy valioso. Recordé entonces, el  “Puro” que Carlos me había regalado con motivo de mis cumpleaños. Después de haberlo fumado la noche anterior, me  dieron ganas de vomitar  y un dolor de cabeza intenso no cesó hasta que llegué a casa, prácticamente apresurado, para probar algo de comer y buscar un analgésico.

Ese puro bien pude conservarlo  y hacer uso de él poco a poco, como en ese momento de ir bajando y subiendo las lomas que se tienen que cruzar para llegar hasta la casa de mi hermana, Cuquita.

Iba con la misión de dejarle un recado de mi madre,  por eso salí tan temprano y poder llegar a tiempo  a la reunión  con mis compañeros del club. No hice mucho tiempo para llegar con Cuquita. Al estar en su casa, le dije que nuestra madre se sentía un poco enferma y que no le era posible salir a visitarla como habían quedado. Ella quiso darme una bolsa de despensa para ella, solo que le dije que me iba a ocupar y de ser posible pasaría mas tarde a recoger la bolsa. Mi hermana cambió de parecer y dijo que mejor iría a verla.

Me retiré enseguida, cerca de ahí pasó el transporte colectivo,  subí y me senté hasta atrás. Tal vez por que era sábado,  los asientos estaban vacíos y fríos, me acurruqué enseguida. El texto que había creado sobre dos hermanos que fueron con su padre a un río, me hizo pensar en esto: “¿Los pececillos son capaces de observarnos como “cosa rara”? En el relato escribí lo siguiente: “Los pequeños peces  se arrimaron a la orilla del río al ver sombras inquietas  que se deslizaban de un lado a otro: sus diminutos ojos negros brillaron a través del agua cristalina…” Me quedé pensativo. Después de unos minutos de paseo, los asientos del transporte se ocuparon: la claridad del día iluminó la tierra.

Bajé en una calle solitaria del centro de la ciudad, y desfilé hasta llegar a una fonda donde me senté en una mesa desocupada, pedí una taza de café, enseguida saqué el texto y lo leí, eran cuatro cuartillas. Me detuve nuevamente en ese párrafo de  los pececillos. Llegó Francisco, nos saludamos en una abrazo, minutos después se apareció Karla y Enrique, posteriormente el maestro Orlando que venía con Jesús. Ocupamos toda la mesa, pidieron café y algunos, almuerzo.

Afuera hacía frío, pero en el interior de la fonda, permanecía tibio, acogedor. Repartí a mis compañeros el texto, me acomodé el gorro rojo y sentado, leí en voz alta. Karla frunció el ceño,  detuvo la lectura, enseguida expresó su inquietud: “¡Los peces no se arriman a la orilla del agua  a curiosear al hombre!, por lo menos nunca he visto eso.” Yo le respondí que esos peces eran diferentes, que de serme posible los haría caminar sobre el agua cristalina.

Enrique siguió con su cuento, fantaseó con un pasaje de la Biblia, sobre la apuesta que hizo Dios con el Diablo, donde Job dejaría de ser fiel a causa tanto mal. Enrique manejó bien la idea, aunque en esencia, volvió a perder el Diablo. ¿Cómo habríamos reaccionado si hubiera sido Dios el perdedor, y Job desde un principio hubiese abjurado?... 

El frío parecía pedir posada en la fonda. Estuvimos emocionados con la charla literaria, después nos despedimos en un fuerte abrazo…  En la calle, la gente lucía sus chamarras, bufandas y gorros, yo presumía mi gorro rojo de pana, puesto en la cabeza y el texto guardado en la bolsa de plástico transparente que cargue nuevamente bajo el brazo.

“Nosotros también somos observados por los pececillos” pensé mientras caminaba.

Publicidad

Publicidad
HoyTamaulipas.net Derechos Reservados 2012
Morelos No. 426 entre 13 y 14 Zona Centro Ciudad Victoria, Tamaulipas
Tel: (834) 134-0296
Desde Estado Unidos marque: 01152 (834) 134-0296
Visite también http://www.htagencia.mx para noticias de la agencia.