El Anzuelo...
Quien quedo fuera de la lista, ya ni llorar es bueno
por El Fisgón
Por: Ricardo Hernández
Salí
en el frío, esa mañana de otoño, abrigándome
con los brazos, silbando y tarareando una canción.
¡Con que ansias esperaba este clima gélido! Llevaba el texto bajo el brazo,
envuelto en una bolsa de plástico trasparente. Caminé por la calle empedrada y
húmeda. Aquellas montañas que se
embellecen en las primeras horas del alba, permanecían oscuras. ¿Pero que le
puede pasar a uno cuando sale contento de casa, pensando que más tarde se
reunirá con los compañeros del club de literatura?
Me acomodé el gorro rojo de pana mientras iba esquivando algunos charcos de
agua, cuidando el texto como algo muy valioso. Recordé entonces, el “Puro” que Carlos me había regalado con motivo
de mis cumpleaños. Después de haberlo fumado la noche anterior, me dieron ganas de vomitar y un dolor de cabeza intenso no cesó hasta
que llegué a casa, prácticamente apresurado, para probar algo de comer y buscar
un analgésico.
Ese puro bien pude conservarlo y hacer
uso de él poco a poco, como en ese momento de ir bajando y subiendo las lomas
que se tienen que cruzar para llegar hasta la casa de mi hermana, Cuquita.
Iba con la misión de dejarle un recado de mi madre, por eso salí tan temprano y poder llegar a
tiempo a la reunión con mis compañeros del club. No hice mucho
tiempo para llegar con Cuquita. Al estar en su casa, le dije que nuestra madre
se sentía un poco enferma y que no le era posible salir a visitarla como habían
quedado. Ella quiso darme una bolsa de despensa para ella, solo que le dije que
me iba a ocupar y de ser posible pasaría mas tarde a recoger la bolsa. Mi
hermana cambió de parecer y dijo que mejor iría a verla.
Me retiré enseguida, cerca de ahí pasó el transporte colectivo, subí y me senté hasta atrás. Tal vez por que
era sábado, los asientos estaban vacíos
y fríos, me acurruqué enseguida. El texto que había creado sobre dos hermanos que fueron con su padre a un río, me
hizo pensar en esto: “¿Los pececillos son capaces de observarnos como “cosa
rara”? En el relato escribí lo siguiente: “Los pequeños peces se arrimaron a la orilla del río al ver
sombras inquietas que se deslizaban de
un lado a otro: sus diminutos ojos negros brillaron a través del agua
cristalina…” Me quedé pensativo. Después de unos minutos de paseo, los asientos
del transporte se ocuparon: la claridad del día iluminó la tierra.
Bajé en una calle solitaria del centro de la ciudad, y desfilé hasta llegar a una
fonda donde me senté en una mesa desocupada, pedí una taza de café, enseguida
saqué el texto y lo leí, eran cuatro cuartillas. Me detuve nuevamente en ese
párrafo de los pececillos. Llegó
Francisco, nos saludamos en una abrazo, minutos después se apareció Karla y
Enrique, posteriormente el maestro Orlando que venía con Jesús. Ocupamos toda
la mesa, pidieron café y algunos, almuerzo.
Afuera hacía frío, pero en el interior de la fonda, permanecía tibio, acogedor.
Repartí a mis compañeros el texto, me acomodé el gorro rojo y sentado, leí en
voz alta. Karla frunció el ceño, detuvo
la lectura, enseguida expresó su inquietud: “¡Los peces no se arriman a la
orilla del agua a curiosear al hombre!,
por lo menos nunca he visto eso.” Yo le respondí que esos peces eran
diferentes, que de serme posible los haría caminar sobre el agua cristalina.
Enrique siguió con su cuento, fantaseó con un pasaje de la Biblia, sobre la
apuesta que hizo Dios con el Diablo, donde Job dejaría de ser fiel a causa
tanto mal. Enrique manejó bien la idea, aunque en esencia, volvió a perder el
Diablo. ¿Cómo habríamos reaccionado si hubiera sido Dios el perdedor, y Job
desde un principio hubiese abjurado?...
El frío parecía pedir posada en la fonda. Estuvimos emocionados con la charla
literaria, después nos despedimos en un fuerte abrazo… En la calle, la gente lucía sus chamarras,
bufandas y gorros, yo presumía mi gorro rojo de pana, puesto en la cabeza y el
texto guardado en la bolsa de plástico transparente que cargue nuevamente bajo
el brazo.
“Nosotros también somos observados por los pececillos” pensé mientras caminaba.
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