El Anzuelo...
Hay que se marranos, pero no trompudos
por El Fisgón
Por: Juan Sánchez-Mendoza
Hoy, en Palacio Nacional,
Felipe Calderón Hinojosa hará un recuento del quehacer político-administrativo
por él realizado en éste su último año de ejercicio constitucional y dará un
mensaje a la nación.
Cosa que no hizo el 1 de
septiembre cuando por ley estuvo obligado a entregar por escrito el documento
al Congreso de la Unión –enviándolo con Alejandro Poiré Romero--, por el
desprecio que siempre ha mostrado a los legisladores federales, aun cuando en
el pasado fue uno de ellos.
De cualquier forma este día,
en que prácticamente dice adiós a todo México, la pena vale recordar que, al
asumir la jefatura del Ejecutivo –el uno de diciembre de 2006--, en medio de
fuerte escándalo en el Palacio Legislativo de San Lázaro, Felipe Calderón
Hinojosa se comprometió a que México no tendría más problemas económicos;
que la pobreza sería erradicada; la crisis, vencida; y que el país recobraría
la capacidad de un auténtico desarrollo nacional.
Pero no cumplió. Primero
porque su política económica empujó a México a la peor crisis de su historia; y
luego porque ésta genera tal pobreza que ahora hay más de 60 millones de
mexicanos afectados y la pérdida del 70 por ciento del poder adquisitivo la padece
el grueso de la población.
Caro han pagado los cerca de
15 millones de compatriotas que votaron por el Partido Acción Nacional (PAN) el
2 de julio del año 2006 –y también los más de 25 millones que sufragamos por
otros partidos--, ya que el dogma de Calderón Hinojosa de tener un país de
primer mundo, sólo existía en su mente.
Con hechos que de ningún modo
generaron progreso, la Nación ha servido de laboratorio al mentado “Hijo
desobediente” para experimentar en materia política, económica y social, pues lo
mismo agudizó conflictos hacia el interior de su gabinete que el
enriquecimiento de un reducido grupo de inversionistas.
Con esto, el todavía señor de
Los Pinos rebasa en mucho a Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, José
López Portillo, Miguel de la Madrid Hurtado, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto
Zedillo Ponce de León y Vicente Fox Quesada, cuando menos, quienes igual que él
instrumentaron una versión moderna del pasado: la del porfiriato.
Excesos
La asignatura más importante
para Felipe Calderón Hinojosa, desde el inicio de su administración, fue (y es)
la lucha contra la delincuencia organizada, que ha dejado miles de muertos a lo
largo y ancho del país y mantiene aterrorizada a la población.
Incluso, cuando presume que su
gobierno le va ganando la batalla a los transgresores de la ley, el jefe del
Ejecutivo Federal ha dicho que no descasará hasta reinstaurar l seguridad
pública en México.
Pero más que eso al Estado,
Felipe se ha excedido en el uso del poder que le confiere la Carta Magna
al Presidente de la República, por lo que su guerra empieza a ser reprobada por
todos los sectores.
Con su gobierno también fue
fortalecida la era de los tecnócratas que llegaron al poder con Miguel de la
Madrid Hurtado, para desplazar a la vieja clase política y nacionalista.
Ya lo había dicho José López
Portillo en su libro “Mis tiempos”, en el que comentaba que él había sido el
último Presidente de la Revolución.
Por tanto, lejos de todo
concepto nacionalista, Calderón Hinojosa ha reimplantado el neoliberalismo,
proyecto similar al liberalismo social que impulsó a inicios de este siglo
Porfirio Díaz, y que provocó la Revolución de 1910.
Este modelo ha cobrado altos
costos sociales en diversos países de América Latina, como Chile, Venezuela,
Argentina y Perú.
Con todo, a tres meses de
abandonar por completo el cargo, el Presidente sigue los pasos de Porfirio
Díaz, tomando en cuenta lo que el historiador Enrique Krause ha dicho:
“Vivimos todavía lo que
Vasconcelos llamó el ‘porfirismo colectivo’. El Ejecutivo continúa ocupando el
sitio omnímodo y ubicuo de don Porfirio.
“Díaz terminó por declarar que
el día había llegado, que la Nación estaba lista para su vida definitiva de
libertad, pero era de dientes para afuera. En el fondo quería permanecer y
morir en la silla.
“Cualquier parecido con el
sistema político actual no es meramente casual, es históricamente documentaba.
Salvadas las diferencias de tiempo, la sustancia política entre estos dos
regímenes ha sido la misma: la concentración del poder”.
En efecto, al igual que
Porfirio Díaz, Felipe Calderón Hinojosa llegó a la Presidencia de la República
por todo; y en el poco tiempo que resta a su administración, aún pretende
mostrar al extranjero un México muy distinto al que es en realidad, pues, según
él, aquí prevalecen la estabilidad, la modernidad y la paz social.
Sin embargo, desde el inicio
mismo de su gobierno, diversos hechos han demostrado lo contrario.
La otra cara de la moneda.
Inoperante
La administración presidencial
de Felipe Calderón Hinojosa, hasta hoy, inclusive --cuando está por anunciarse
la virtual bancarrota que sufre México--, ha estado marcada por la ineficacia e
ineficiencia que la vuelven inoperante.
Y él, conforme transcurre el
tiempo, se aleja más y más del pueblo, porque sólo de esta forma podrá evitar
la crítica directa por sólo haber cumplido los compromisos contraídos con el
Fondo Monetario Internacional (FMI) y los dueños del dinero, que son quienes en
realidad aún mandan y deciden qué hacer en Palacio Nacional.
Sin embargo, con esta su
actitud, el inquilino de Los Pinos está más que equivocado, porque no toma en
cuenta que si bien los pueblos gobiernan a los gobernantes, los intereses
gobiernan a los pueblos; que con las voluntades mayoritarias y los intereses
predominantes se puede seguir revolucionando a la sociedad mexicana, y que
adulterar la decisión del pueblo es tan malo como adulterar los alimentos del
pueblo.
Bajo este entendido, creo bien
vale la pena recordarle a Felipe que el porfirismo cayó porque había lo que él
suponía que no existía: pueblo.
Que hubo pueblo en las masas
que lograron conciliar intereses para luchar por la Independencia; que hubo
pueblo para resistir a las invasiones externas; que fue el pueblo el que hizo
que México resurgiera frente a la intervención; y que ese mismo pueblo, al que
Calderón Hinojosa desprecia, fue quien lo llevó a la Presidencia de la
República y hoy se lamenta por ese craso error.
Quién falló
Por tanto, debemos entender
que el pueblo de México nunca se ha equivocado. Nunca ha fallado. Se han
equivocado y han fallado sus gobernantes. Pero no el pueblo. Y basta obedecer
al pueblo para que se pueda seguir adelante, o fracasar, como ahora bien debe
saberlo el jefe del Ejecutivo Federal.
El pueblo es dueño absoluto de
la palabra; y sólo con su mano es posible construir. Nuestro pueblo es bronco,
y bravo cuando es preciso; pero también sabe ser sosegado y hasta dulce cuando
en ello va la convivencia; sabe buscar la armonía y no la diferencia, la
coincidencia en lo sustancial para evitar el encono en lo secundario.
La intriga
Cuando el receptor de la
crítica tiene el cuero muy delgado, se deja engatusar fácilmente por entes
perversos y manipuladores, sin entender que el juego sucio de la política es la
mejor escuela para aprender a tragar alimañas sin hacer gestos.
Esta misma semana quedarían
desempleados otros estrategas de la anterior campaña priista –incrustados en
Palacio--, aun cuando haya asesores que traten de hacer creer al jefe político
estatal que la prensa abonó al fracaso, en lugar de admitir su responsabilidad
en la derrota por llevar y traer chismes.
Em@il: jusam_gg@hotmail.com
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